Infancias felices

Estoy sentada entre el enorme rancho, en el pasto, ruedo de norte a sur porque quiero sentir que mi cabeza da vueltas. Los adultos, en su vida de ellos, bebiendo alcohol, comiendo, criticando personas, hablando de política, de dinero.

Mis primos, mis primas, corremos por todo el lugar, inventamos que somos espias, hacemos bunkers con los ladrillos que encontramos. Unos se aburren, agarran los caballos y se van a dar la vuelta, otros se van a nadar, otros discuten sobre quién ganó en el torneo de futbol que organizaron en ese instante.

Yo elevo mis pies, los bajo, cuento hasta el mil, siento cómo el viento se topa en mi cara, me atrevo a levantar las manos, respiro, y trato de volar de verdad, me aviento, caigo como un pequeño conejo, y voy por agua, porque el calor me marea.

Ellos, los adultos siguen tomando, comiendo carne asada, hablando de dinero, de negocios.

Nosotros los niños, creamos mundos posibles en donde ellos no caben, creamos mundos donde no hay dinero, ni diferencias por ser gordo, negro, alto, blanco o chaparro. Creamos nuestro mundo de ideas bizarras, relaciones que conocemos pero que sin querer aborrecemos, las destruimos y creamos nuevas, porque nos gusta cambiar constantemente.

Mi infancia se trató de eso, de crearme, reinventarme, escribir diarios infinitos, de bailar hasta cansarme, de creerme maestra de mis peluches y de evadir a toda costa a los adultos.

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