Disneyland

Mientras recorremos miles de kilómetros para llegar a Disneyland mi madre conversa conmigo, hablamos de la vida, los procesos y el estar. Estuvimos nerviosas porque no habíamos dormido, salimos a las doce de la media noche de Antioch, dormíamos entre gasolinas para recargar energía. Mientras mi mamá manejaba, la nieve comenzó a caer, si mi hijo hubiese estado despierto hubiera sido muy feliz, pero su descanso era primordial. Mi madre y yo no dormimos, llegamos al lugar mágico donde todo es orden, perfección, diversión, filas, consumismo y excesiva mercadotecnia.

Emilio estaba fascinado, nos guíaba por todo el parque con su mapa en la mano, comíamos, descansabamos, seguíamos. Esta ocasión cambió el ballet por disney. Este día su sonrisa, sus ojos brillaban tanto que contagiaba su felicidad.

Cuando vio los juegos pirotécnicos y a Mickey Mouse mago, gritó de extasis, fue cuando comprendí que todo había válido la pena. Olvidé tomar los antidepresivos, ni los necesité.

A veces uno no se da cuenta cuánta serotonina se produce de la nada, sólo con la emoción. Disneyland no fue lo que esperaba, pero mi hijo fue muy feliz.

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